Cultura

“La casa de las bellas durmientes”: un clásico japonés en la mirada de Miguel Sardegna

El autor de "Los años tristes de Kawabata" comparte con LA CAPITAL su prólogo a esta novela corta del premio Nobel de Literatura, reeditada por Seix Barral en 2024.

Cuando Yasunari Kawabata recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968, se convirtió en el primer autor japonés en obtener esa distinción y en el faro de una generación decisiva para la literatura del siglo XX. Entre sus textos más inquietantes, La casa de las bellas durmientes ocupa un lugar singular. Narra la historia del viejo Eguchi, que acude a una posada secreta donde ancianos pagan por dormir junto a jóvenes narcotizadas sin poder tocarlas. A partir de esta trama, despliega una reflexión –delicada y a la vez perturbadora– sobre la belleza, la soledad y el paso del tiempo.

Para la edición 2024 de Seix Barral, Miguel Sardegna –escritor, abogado y profundo conocedor de la obra de Kawabata que lo llevó a escribir la novela Los años tristes de Kawabata (2020)– escribió un prólogo que se adentra en ese territorio ambiguo donde lo real y lo onírico se confunden.

Publicada originalmente por entregas entre 1960 y 1961, la novela dialoga con escritores de otras latitudes, como Gabriel García Márquez, quien reconoció su influencia en la escritura de Memoria de mis putas tristes y El avión de la bella durmiente.

A continuación, el prólogo a La casa de las bellas durmientes escrito por Miguel Sardegna:

«Todo sucede en Kioto, aunque la novela evita dar mayores precisiones. La posada de las bellas durmientes es un auténtico misterio. Su fachada no exhibe letreros, ningún cartel identificador. Probablemente porque su secreto no lo permite. Los ancianos van a pasar la noche con muchachas jóvenes y vírgenes, dormidas bajo los efectos de un narcótico potente.

Hay una prohibición en esta posada de placeres extraños: no se puede hacer nada de mal gusto. Por ejemplo, no se debe poner el dedo en la boca de la muchacha dormida, no importa que no se vaya a dar cuenta de nada. El cuerpo en la obra de Kawabata siempre es un signo abierto a múltiples sentidos.

El viejo Eguchi concurre a la posada por primera vez, así comienza La casa de las bellas durmientes. Después habrá otras noches y otras jóvenes durmientes. Pero esa primera vez, cuando la anfitriona termina de establecer las reglas y lo conduce a su habitación, Kawabata introduce un enigma. Se trata de un pasaje que quizá proporcione la clave para entender ese delicado vaivén con el que juega siempre Kawabata, entre lo real y lo imaginado, lo onírico y lo material. Ese componente alquímico con el que se construye y deshace la memoria.

La anfitriona le da la espalda a Eguchi y él tiene oportunidad de admirarla. Entonces dice:

No había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie era. ¿Por qué habrían puesto ojos y patas tan reales en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, solo que el diseño no era bueno; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro.

La imagen que delinea la literatura de Kawabata se oculta en esas grietas de sentido. En esos bocetos estilizados que parecen, y a menudo son, inacabados.

Hay algo ominoso en la descripción de esa anfitriona que conduce a Eguchi puertas adentro. La palabra “ominoso” es de Yukio Mishima, discípulo y amigo de Kawabata.

Kawabata en 1968.

Yasunari Kawabata (1899-1972) vivió en una época de esplendor. La literatura japonesa de la primera mitad del siglo XX representa uno de los momentos más interesantes de la humanidad. Kawabata opera como faro de su generación, señalando autores y libros valiosos que, de otro modo, habrían pasado desapercibidos. Se suicidó a los setenta y dos años. Así como durante la infancia debió sobrellevar la muerte de sus parientes más cercanos, de adulto le tocó despedir a varios escritores amigos, como Riichi Yokomitsu, Rintaro Takeda o Kensaku Shimaki. Incluso fue el encargado de leer unas palabras en sus funerales, honrando el título de experto en funerales que le había concedido un primo lejano al descubrir que nadie se mostraba tan genuinamente piadoso como él ante la muerte.

Comparto una sospecha: La casa de las bellas durmientes tiene que ver con la soledad y el tiempo que precede a las despedidas.

Fue publicada por entregas en la revista Shincho, entre enero de 1960 y noviembre de 1961. Los diecisiete episodios originales se transformaron en cinco capítulos cuando alcanzó la forma de libro en 1961. La estructura es sólida y discurre con la lógica irreprochable de la naturaleza: un capítulo por cada una de las noches que Eguchi visita la casa y comparte la cama con la belleza. Esa experiencia tan cercana a “dormir con un Buda secreto”.

Lo que Eguchi aprende pronto, en su primera visita a la posada, es que no se debe hacer preguntas. Cada pregunta que Eguchi calla es una duda que Kawabata deja resonando en la cabeza del lector.

Mishima divide las obras de un escritor entre aquellas que son de anverso o exterior, con su significado en la superficie; de las que son de reverso o interior, con un significado oculto. Las primeras son de budismo exotérico, las segundas de budismo esotérico. La casa de las bellas durmientes es una obra esotérica.

La literatura de Kawabata es algo vivo, late como las olas y el viento. Avanzamos por sus páginas comprendiendo qué es lo que sucede, pero sin comprender el símbolo.

Todo arte es a la vez superficie y símbolo, dijo Oscar Wilde. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.

La belleza a veces es incómoda, siempre es enigmática. La belleza es el gran tema en la obra de Kawabata.

El primer contraste que presenta la posada es con el té. Ya se sabe que el té y el zen son la misma aventura.

Hay una tetera de hierro sobre un brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión son asombrosamente buenas para el lugar. En ese momento nos enteramos de que la posada no vale gran cosa. No hay habitaciones en el piso superior y la planta baja es demasiado reducida para albergar huéspedes. Mujeres hermosas en un escenario modesto. Ancianos con muchachas jóvenes. Sueño y vigilia.

Como una flor de ginkgo explotando de belleza en las ruinas de Hiroshima.

Rintaro Takeda, que creía en la literatura comprometida al servicio de una causa justa, cuenta este episodio:

Una mujer camina por la calle en un kimono hecho a medida cuando se encuentra con una lluvia intempestiva.

Y este otro:

Un día de verano, en un barrio marginal cerca de Asakusa, en una casa inclinada con techo de chapa que da a un callejón estrecho, un hombre semidesnudo cose un kimono. El lujo del kimono es tal que solo puede pertenecer a una geisha. La tela evoca el encanto de los tobillos de una mujer asomando debajo del dobladillo o la fragancia de su maquillaje. La transpiración en la yema de los dedos de aquel hombre se ve tan negra como sus manos.

De vez en cuando el viento pasa sobre la casa de las bellas durmientes, mientras el viejo Eguchi contempla la belleza. El anciano asiste con ese objetivo, es lo único que tiene permitido: contemplar la belleza frágil que le recuerda su soledad teñida de tristeza. Eguchi carga con el invierno dentro del cuerpo. Afuera de la posada, las olas rompen con violencia contra el acantilado, como si la posada estuviera construida en el borde mismo.

Todo en La casa de las bellas durmientes sucede en el borde mismo.

Eguchi, con setenta y siete años, ya perdió a muchos amigos y parientes.

En el funeral de Riichi Yokomitsu, su compañero de aventuras literarias en tiempos de la Escuela de las Nuevas Sensaciones (shinkankaku-ha), que habían fundado juntos, Kawabata dice:

Llega finalmente la edad de entender la soledad, la mayor soledad es esta. Uno a uno dejan este mundo nuestros amigos, y no hay nada que podamos hacer para controlar nuestra vida, que de a poco se desvanece.

El hombre que le recomendó a Eguchi la casa de las bellas durmientes es tan viejo que ya dejó de ser hombre. Eguchi, en cambio, todavía es capaz de sentir deseo, aunque lo acecha la muerte. Frente a la nostalgia por la juventud perdida, los recuerdos de Eguchi siguen siendo jóvenes. La memoria es otro de los grandes temas de la literatura de Kawabata. El viejo Eguchi se pregunta si los recuerdos vivos son provocados por la juventud de la muchacha dormida mientras se acuesta a su lado y sueña».


Miguel Sardegna (Buenos Aires,1978) es abogado y doctor en Derecho. Publicó los libros de cuentos Horario de oficina (El 8vo loco, 2015) y Hojas que caen sobre otras hojas (Conejos, 2017), y la novela Los años tristes de Kawabata (Odelia, 2020), que obtuvo la Primera Mención en el Premio Clarín de Novela 2016, con un jurado integrado por Juan José Millás, Sylvia Iparraguirre y Leonardo Padura. Dirige la colección de literatura japonesa de la editorial También el caracol.

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